Entomatado

•27 noviembre 2009 • Dejar un comentario

Sale de su casa, con el tomate en el bolso por supuesto. Camina por la acera lo más rápido que puede. Suda. Siente que nunca va a poder llegar a su destino y se indigna hasta por las ancianas que lo miran asustadas o asqueadas por el bolso que lleva. Piensa que quizá no fue muy apropiado coger el bolso de su mamá pero ya no importa, ya nada importa. Ahora ese sentimiento lo domina, no lo deja respirar, tanta abstinencia, tanto insomnio, tantas noches pensándolo como días sin poder hacerlo. Está a punto de pasar una esquina y piensa que últimamente el se parece a una esquina; como tan afilado, como tan ambiguo, sin saber nunca cual de los dos caminos es, diciéndose que solo es. Las suelas de sus zapatos parecen estarle diciendo lo aturdidas que se sienten, se calientan de tanto salir y entrar, de tanto trajin del día, sin embargo siguen a sus piernas, obedientes como si nada.

De un momento a otro parece como si ese edificio rojo le hubiera estallado en la cara, nunca lo había visto tan brillante o quizá nunca había hecho nada más que echarle un vistazo rápido. Después de componerse corre directo hacia la puerta. Alcanza el ascensor antes de que se cierre, marca el piso 20, mejor el 22, mejor el 27. Mientras sube se rasca la cabeza y toca el bulto redondo de su maleta como para asegurarlo, suspira, llega.

Al salir sube un piso mas por las escaleras asegurándose que nadie lo vea, abre la puerta y siente el viento fuerte del día, de esa mañana a las 11 y 56, 57, 58, 59, mediodía. Lo suelta de su mano y Pum!, da justo en la cabeza del cobrador de impuestos, no puede comprender como una persona puede ser tan puntual, espera que empiece a maldecir por su cabeza y su ropa entomatados, pero no, mierda, se cae, mierda, mucha gente a su alrededor, mierda, era un tomate verde!, mierda!.

El uno y el otro

•27 noviembre 2009 • Dejar un comentario

Una noche hermosa y fría estaban sentados callados uno dándole la espalda al otro, solo uno mirando la luna.

-Nosotros siempre así, como si no quisiéramos vernos-dice uno.

Pero el otro simplemente guarda silencio.

-No importa, de todas formas te siento muy cerca, como el mejor amigo que podría tener-dice uno.

El otro sigue callado, pero de repente su cara se cubre de lágrimas, como gotas de limón.

-Pero bueno, hay muchos como tú y también podría tener su amistad-dice suavemente uno.

Al otro ya se le secaron las lágrimas pero siente como si se partiera en dos por la crueldad de su amigo.

- Pensándolo bien es mejor tener amigos que duren uno o dos días-dice el uno.

El otro siente como si se partiera en cuatro.

-No hay porque ponerse sentimentales cuando esos amigos tienen tan mal aspecto pero tan buen sabor-dice uno.

El otro siente como si se partiera en seis, se partiera en ocho y su miedo se multiplica.

-uy, menos mal los tomates no hablan ni entienden de lo que uno les habla-dice uno, mientras se termina de comer el tomate-Lástima su aspecto, y solo poder comérmelos cuando les doy la espalda-termina de decir uno.

El otro ya bajando hacia el estómago solo escucha la última palabra.

Tomate ¿Verde?

•27 noviembre 2009 • Dejar un comentario

¿Entre los verdes o entre los rojos?, ¿la línea de entrada o de salida?, ¿pare o siga?. No sabe. Nadie sabía.

Pero ¿Qué es ser un tomate?. Esa palabra que viene de los antiguos salida de no sé dónde y con pocos significados claros para la época actual.

Se rió con un estruendo después de escucharse hablando con palabras tan desbaratadas. Ese día se sentía como cuando una flor es arrancada de su tallo cuando todavía está cerrada, cuando esta casi a punto de estar a punto.

Si me pusiera a pensar en que hacen todos los tomates en este mundo me volvería loco, pero lo estoy haciendo, estoy perdiendo la cabeza.

Hubo una época en la que adoraban los tomates, éramos como los perros para los egipcios, los hombres hasta se pintaban en las cavernas con cara de tomate.

Últimamente he escuchado muchas leyendas; que los tomates van al cielo es la que menos me creo, el cielo no existe, solo existe este mundo vacuo y simple que nos deja un sinsabor cada que vamos a dormir. Esta transición me está matando, no saber quien soy va a terminar pudriéndome. Alguien alguna vez dijo que los tomates eran del color de los atardeceres. Yo, ahora, en este atardecer, quisiera convertirme en un árbol de tomate del color de unos ojos que nunca he visto, ni veré.

Una cebolla, un ajo, un pimentón y un tomate verde

•27 noviembre 2009 • Dejar un comentario

Su vida empieza con la cotidianidad de cualquier otro día en cualquier otra persona. Por esto no hay necesidad de decir que se levantó, ni tampoco que fue al baño, ni que se lavó los dientes, ni que se bañó y vistió, ni que se preparó el desayuno, ni que se lo comió, ni que se cepilló los dientes, ni siquiera que buscó un bolso, metió las llaves, se arregló frente al espejo y salió calmadamente.

Después de estas acciones demasiado normales y reales, Mariana está caminando por la calle, es un sábado y no puede esperar por encontrarse con esos viejitos llenos de calma en el mercado de frutas, no puede evitar envolverse en la frescura de su ambiente. La noche anterior se había dado cuenta, demasiado tarde, que algo le faltaba para una receta aprendida hace una semana, necesitaba cebolla, ajo, pimentón y un tomate verde. Para eso su visita matutina al mercado.

Llega al puesto usual y pregunta por un tomate verde, pero allí solo hay tomates rojos entonces va a otro, tampoco encuentra, otro más pero sigue buscando. Siete puestos y en ninguno hay tomates verdes, solo rojos de muchos tamaños que no paran de dar vueltas amenazantes en su pensamiento. Deja de caminar para volver al primer puesto, Don Antonio buscando animarla la invita a acompañarlo después de almuerzo al pueblo a recoger algunas verduras, entre esas tomate verde. Mariana acepta y se va para su casa.

En esta parte de la historia no haría falta decir que llega a su casa y busca los platos, ni que se sirve sobras de la comida de la noche anterior mientras piensa en el tomate verde, ni que, el resto ya podrán imaginarse.

Más tarde se encuentra con Don Antonio a 1 hora de carretera destapada escuchándolo hablar sobre los 7 perros de su finca y lo 20 árboles que más quiere mientras mira el paisaje, de repente ve como las montañas se empiezan a alejar y el silencio inunda el ambiente, mira hacia don Antonio que esta desmayado sobre el volante. Se desespera, grita, trata de despertarlo pero al fin pone el freno de mano y para. La carretera esta desolada y no se acuerda de haber visto pasar ningún carro. Con todo su esfuerzo carga a don Antonio hasta el puesto de atrás, enciende el carro y se enruta hacia la ciudad desesperada. Media hora más tarde ve un carro de policía a un lado de la carretera que antes no había visto. Se acuerda que no trae papeles, ni sabe donde estarán los del carro y trata de pasar desapercibida pero los policías si la perciben por su cambio de velocidad. La paran, le piden que se baje y les entregue los papeles, revisan el carro, ven el viejo, el viejo está muerto, la suben a su carro, se la llevan, pero ella solo puede pensar en el tomate verde.

Ya es de noche y en la estación de policía se siente mucho frio, Mariana está en una celda y no puede dormir pensando en Don Antonio, en el hambre, en su mala suerte y en el tomate verde, el maldito tomate verde, en que ojala su esposo viniera rápido pero sabe que trabaja hasta tarde y no revisa los mensajes de voz antes de dormirse, en que ojala escuche los 10 mensajes en que le pide ayuda y los otros 10 en que le pide el tomate.

Al siguiente día, temprano, Mariana ya está saliendo de la estación, camino a casa con su esposo. No hará falta decir cómo se sube al carro, ni de qué hablan mientras van por carretera, ni de como abraza el tomate verde, ni de sus lagrimas por don Antonio, pero sí de la llegada a casa. Cuando se están acercando a la casa, Mariana siente tranquilidad de solo pensar en dormir y luego poder cocinar. Sin embargo, su casa esta desolada, su esposo había dejado la puerta abierta y los ladrones lograron llevarse lo que más pudieron menos las camas, la ropa y cosas de poco valor. Mariana corre a la cocina, sin nevera!, todos los cajones están vacios, deja caer el tomate e inexplicablemente en el piso ve una cebolla, un ajo, un pimentón y ahora un tomate verde.

Tomate ciego

•26 noviembre 2009 • Dejar un comentario

Alguien alguna vez dijo que los tomates eran del color de los atardeceres. Este tomate no había visto hasta ahora un solo atardecer, ni un solo color.

Un amanecer, en el frio de la nevera, en el espacio dedicado para la aglomeración de tomates, ese tomate sin ojos vestido siempre de rojo empezó a verlos a todos partir. Ya fuera por obra propia o de una mano externa, uno a uno se iban descontando los tomates del lugar.

En un amanecer de esos 15 o 20 diarios que este tomate tenia, empezó a escuchar voces. Pero no!, ¿cómo un tomate ciego podría caer en la doble desgracia de ser ciego y loco? se preguntaba, pensando en la posibilidad de la locura porque esas no eran voces de tomates, ni de ningún ser hasta ahora escuchado ni que estuviera cerca de él.

Entonces empezó a tocar, a sentir su alrededor a ver si encontraba caras conocidas. No encontrándolas, prosiguió a sus meditaciones cotidianas sobre como seria su vida si no estuviera ciego. Pocas horas después las voces volvieron a sonar, sin embargo, esta vez estuvieron acompañadas de un sonido sordo a su lado, como si algo acabara de caer de las alturas.

-Soy una uva-dijo una voz desde el lugar del estruendo.

-¿Pero que es una uva?-pregunta el tomate.

- es algo un poquito como tu pero de un color distinto y más pequeñas, mas blandita- respondió la uva. Entonces la uva entabla una larga conversación con el tomate diciéndole que se tiene que ir de allí porque le espera un destino muy tortuoso, le espera un cuchillo muchas manos y bocas de distintos seres grandísimos. Dicho esto la uva vuelve a su lugar, aburrida con un tomate tan amargado.

El tomate se preocupa y pasa sus 15 noches del día en vela pensando en que debería hacer. Al final termina decidiendo quedarse cómodo en su nevera, dejando que el tiempo le pase, que el frio le pase, que las manos le pasen por los lados hasta que una lo agarre y saque lo mejor de él, decide seguir siendo un tomate que no le gusta la vida desde su nacimiento hasta ahora, que nunca ha podido disfrutar de nada por preocuparse por lo que no tiene. El tomate simplemente se quedo esperando a ponerse rojo.

En mi mano y en mi pecho

•28 agosto 2009 • Dejar un comentario

Frio, verde, limpio, brillante, liso y tan estático. Una montaña entrelo blanco que alguien soño hace tiempo. ¿ Qué es lo que dices?, no puedo comprenderte tantos silencios, tanta frescura congelándome las venas. Tu voz me suena tan líquida, como llena de lágrimas, como con un olor tan aguado, a algas. Pero sí, ya te entiendo, tu nunca lloras, temes tanto saber que tu interior tambien puede revolverse, que tu tez tan tranquila y tan perfecta esconde mares y rios desbordantes. No me digas que no puedes, que que está en tu naturaleza estar todoel día mostrando la misma cara, con sol, con lluvia, con frio o bochorno, siempre igual para los siempre iguales que te cuidan, pero tambien puede untarte de tierra a veces. Admiro que no temas a la muerte, te parecer a un amigo pájaro que perfeccionó el arte de morir en luna y amanecer naciendo, para él, morir era tan común como placentero. A tí no se que tanto te guste pero para mi sería dificil abrir la boca sabiendo que se me podría ver el estómago. Por eso no me despido, te doy la bienvenida a mi memoria en la que nunca falleceras. No, no es nada, me gusta sentir que tengo la capacidad de crear seres inmortales. ¿Porqué callas tanto?, te me pareces y somos tan distntos, te quiero y te odio tanto. Toma mis palabras, toma mi respiración, toma este instante, tómate a si mismo, tómate. Tómate todo el tiempo que quieras, yo ya no puedo tomarme mas tiempo para decirte, antes de traer el cuchillo, que mi corazon también esta echo de tomate. Verde.

 
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