

Su vida empieza con la cotidianidad de cualquier otro día en cualquier otra persona. Por esto no hay necesidad de decir que se levantó, ni tampoco que fue al baño, ni que se lavó los dientes, ni que se bañó y vistió, ni que se preparó el desayuno, ni que se lo comió, ni que se cepilló los dientes, ni siquiera que buscó un bolso, metió las llaves, se arregló frente al espejo y salió calmadamente.
Después de estas acciones demasiado normales y reales, Mariana está caminando por la calle, es un sábado y no puede esperar por encontrarse con esos viejitos llenos de calma en el mercado de frutas, no puede evitar envolverse en la frescura de su ambiente. La noche anterior se había dado cuenta, demasiado tarde, que algo le faltaba para una receta aprendida hace una semana, necesitaba cebolla, ajo, pimentón y un tomate verde. Para eso su visita matutina al mercado.
Llega al puesto usual y pregunta por un tomate verde, pero allí solo hay tomates rojos entonces va a otro, tampoco encuentra, otro más pero sigue buscando. Siete puestos y en ninguno hay tomates verdes, solo rojos de muchos tamaños que no paran de dar vueltas amenazantes en su pensamiento. Deja de caminar para volver al primer puesto, Don Antonio buscando animarla la invita a acompañarlo después de almuerzo al pueblo a recoger algunas verduras, entre esas tomate verde. Mariana acepta y se va para su casa.
En esta parte de la historia no haría falta decir que llega a su casa y busca los platos, ni que se sirve sobras de la comida de la noche anterior mientras piensa en el tomate verde, ni que, el resto ya podrán imaginarse.
Más tarde se encuentra con Don Antonio a 1 hora de carretera destapada escuchándolo hablar sobre los 7 perros de su finca y lo 20 árboles que más quiere mientras mira el paisaje, de repente ve como las montañas se empiezan a alejar y el silencio inunda el ambiente, mira hacia don Antonio que esta desmayado sobre el volante. Se desespera, grita, trata de despertarlo pero al fin pone el freno de mano y para. La carretera esta desolada y no se acuerda de haber visto pasar ningún carro. Con todo su esfuerzo carga a don Antonio hasta el puesto de atrás, enciende el carro y se enruta hacia la ciudad desesperada. Media hora más tarde ve un carro de policía a un lado de la carretera que antes no había visto. Se acuerda que no trae papeles, ni sabe donde estarán los del carro y trata de pasar desapercibida pero los policías si la perciben por su cambio de velocidad. La paran, le piden que se baje y les entregue los papeles, revisan el carro, ven el viejo, el viejo está muerto, la suben a su carro, se la llevan, pero ella solo puede pensar en el tomate verde.
Ya es de noche y en la estación de policía se siente mucho frio, Mariana está en una celda y no puede dormir pensando en Don Antonio, en el hambre, en su mala suerte y en el tomate verde, el maldito tomate verde, en que ojala su esposo viniera rápido pero sabe que trabaja hasta tarde y no revisa los mensajes de voz antes de dormirse, en que ojala escuche los 10 mensajes en que le pide ayuda y los otros 10 en que le pide el tomate.
Al siguiente día, temprano, Mariana ya está saliendo de la estación, camino a casa con su esposo. No hará falta decir cómo se sube al carro, ni de qué hablan mientras van por carretera, ni de como abraza el tomate verde, ni de sus lagrimas por don Antonio, pero sí de la llegada a casa. Cuando se están acercando a la casa, Mariana siente tranquilidad de solo pensar en dormir y luego poder cocinar. Sin embargo, su casa esta desolada, su esposo había dejado la puerta abierta y los ladrones lograron llevarse lo que más pudieron menos las camas, la ropa y cosas de poco valor. Mariana corre a la cocina, sin nevera!, todos los cajones están vacios, deja caer el tomate e inexplicablemente en el piso ve una cebolla, un ajo, un pimentón y ahora un tomate verde.
Escrito en Tomáte